Eduardo de Vicente 21:16 • 14 ene. 2020 / actualizado a las 07:00 • 15 ene. 2020

La comisión encargada de organizar los actos de la visita real en el mes de mayo de 1970 tuvo que trabajar sin descanso para poner en marcha una agenda que justificara la llegada de sus altezas a nuestra capital. 

Don Juan Carlos y doña Sofía, llenos de juventud y con ganas de subir al trono, habían iniciado una gira por varias provincias de España para que el pueblo empezara a digerir el cambio. Franco ya no estaba ni para el reportaje amable del NO-DO y el momento del relevo se acercaba inexorablemente. Los intentos por parte de las autoridades locales de convocar a la ciudad en torno a la figura de los ilustres visitantes no dio demasiados resultados al tratarse de un día de diario. Tal vez, si se hubieran suspendido las clases en los institutos y en los colegios la acogida hubiera sido más multitudinaria. No fue la de las grandes ocasiones, nada que ver con las visitas en olor de multitudes del Caudillo, pero por la tarde, cuando sus altezas estuvieron por las calles del centro, sí se  respiró ese ambiente festivo que se necesitaba para darles cariño.

Aquel martes, 12 de mayo de 1970, el periódico estrenaba  el precio de cuatro pesetas; las salas de los cines se llenaron de películas de tiros y de pistoleros y en la sala Hoango del Zapillo, Rafael Conde ‘El Titi’, se presentaba con su espectáculo de variedades donde el número más esperado no estaba en sus coplas, sino en las muchachas ligeras de ropa que lo acompañaban formando el cuadro artístico.

Todo estaba cambiando entonces. Los príncipes en el lugar de Franco; los primeros escarceos de desnudos femeninos; y las calles de una ciudad pequeña que sacaba pecho como ninguna porque se había cargado su alma antigua derribando barrios enteros de casas pequeñas para construir gigantes de hormigón que eran el símbolo indiscutible del progreso.

Los príncipes vinieron de visita y de paso les prepararon una agenda de actos para aprovechar la ocasión. Inauguraron una serie de mejoras que acababan de echar a andar en la ciudad: el Hogar José Antonio de Auxilio Social; el centro de Educación Especial ‘Princesa Sofía’; el nuevo edificio de la Delegación de Educación y Ciencia, y como obras estelares el edificio de Correos y Telégrafos y el puente de Obispo Orberá sobre el cauce de la Rambla.

Las autoridades presumían del nuevo edificio de Correos sin que nadie se atreviera a decirles que aquel mastodonte era un bodrio, una chapuza más de las tantas que en el nombre de la modernidad se estaban cometiendo en la ciudad. Habían tirado abajo el espléndido colegio de Jesús para levantar un inmueble despersonalizado que se asomaba al corazón del Paseo de Almería.

Otro de los actos centrales de la jornada fue la inauguración del puente moderno que iba a unir el centro de la ciudad con la Carretera de Ronda a través de la calle de Obispo Orberá y de la nueva avenida Gregorio Marañón. La ciudad necesitaba dar el salto al otro lado del cauce y eliminar el viejo puente de hierro de la posguerra que solo permitía el paso de peatones y de bicicletas. Las obras habían comenzado en el mes de marzo de 1969 con el derribo del tapón principal que frenaba la apertura: la fachada de un antiguo garaje situado en el entonces llamado Malecón de los Mártires de la Salle. Las obras empezaron a gran ritmo pero unos meses después una tormenta inundó los trabajos que se estaban realizando en el puente.

Los príncipes cortaron la cinta del puente moderno por donde ya podían transitar todo tipo de vehículos. Significaba prolongar el centro desde la Puerta de Purchena a la Carretera de Ronda y propiciar la urbanización definitiva del nuevo barrio que había empezado a brotar al otro lado del cauce. La avenida llamada de Gregorio Marañón era el centro de una nueva ciudad levantada a base de grandes bloques de edificios y locales comerciales. Aquella urbanización tuvo su empujón definitivo en 1972 con la construcción del Centro Comercial Altamira, un enorme complejo de pisos y negocios ocupando un solar en la esquina de Gregorio Marañón con la Carretera de Ronda. Fue un gran negocio inmobiliario cimentado en el atractivo de un gran centro comercial con supermercado, cafetería y hasta una sala de cine, la del Emperador, que empezó a funcionar en el invierno de 1975. Allí se instalaron negocios como el automercado CADA, la tienda de decoración Aldecor, la boutique Goiba, el salón de belleza Nona, Costasol TV y la recordada discoteca Atenas, que nació en abril de 1977, unos meses antes del estreno de la película ‘Fiebre del sábado noche’.

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