Eduardo de Vicente 21:46 • 13 ene. 2020 / actualizado a las 07:00 • 14 ene. 2020

Fue una visita histórica que no pasó a la historia. Fue un compromiso más en esa larga lista de viajes que los entonces Príncipes de España tuvieron que afrontar para hacerse más populares en los últimos años del Franquismo. El Caudillo estaba rozando ya el abismo, “más pa allá que pa acá”, como se decía antes  y era necesario promocionar las figuras de los futuros monarcas.

Aquella visita fue discreta. El 12 de mayo de 1970, la fecha elegida, era un día más en el calendario laboral: las tiendas estaban abiertas y había clases en los colegios y en los institutos, por lo que solo los jubilados y los ociosos pudieron participar en el acontecimiento. 

El alcalde, Francisco Gómez Angulo, intentó darle calor a los actos y emitió un llamamiento público en los medios de comunicación para que todo el que pudiera se acercara a arropar a Juan Carlos y a Sofía. “Vienen a nosotros con el deseo de conocer su pueblo, de vivir con él y entender nuestro esfuerzo, porque en el resurgir de Almería no podía faltar la presencia viva y pujante de tan augustas personas”, dijo a todos los almerienses.

Pero ni la convocatoria del alcalde consiguió darle realce a una visita que a juzgar por lo que contaron después algunos de sus protagonistas principales para el ayuntamiento fue más un quebradero de cabeza que una buena noticia

Los problemas con el protocolo marcaron la jornada de los Príncipes antes de que pisaran tierra almeriense. De la casa civil del Generalísimo no se informó si los convidados venían en calidad oficial o simplemente en viaje privado. La aclaración era fundamental pues afectaba profundamente al protocolo: la presencia o no de militares en la recepción, el orden en los banquetes y otros muchos detalles que distinguían la naturaleza de la visita.

Se formó una comisión encargada de la organización y control de todos los actos bajo la presidencia del General Gobernador Militar y la supervisión del jefe de Relaciones Públicas del Ayuntamiento de Almería, que entonces era don Ángel Gómez Fuentes. Una de las primeras decisiones fue dar el banquete en el salón de actos de la casa consistorial y dada la categoría de los visitantes se pensó en encargar la preparación a José Luis, el del célebre restaurante madrileño que tanta experiencia tenía con las autoridades. Al final, por deseo expreso del Príncipe, se eligió a un almeriense, recayendo la responsabilidad de la comida en Pepe Sierra, el maestro del Club de Mar

Fueron muchas las anécdotas que ocurrieron durante la comida. Las normas protocolarias decían que en las mesas de las personas reales o altos dignatarios del Estado no podían existir sitios vacíos. Si se producía alguna falta por accidente o imposibilidad justificada, no era posible indicarle a los comensales que corrieran un puesto en la mesa. La fórmula adoptada en el caso de ausencias consistía en invitar a unas personas de alta categoría social y humana para ocupar las vacantes. Para desempeñar este papel se eligió a una conocida pareja almeriense: Enrique Estévez y Jacobina Vértiz. Antes de iniciarse el banquete, llegó la noticia de que María Dolores Roig, esposa del conocido empresario Federico Arcos, se había sentido indispuesta por lo que se desplegó el mecanismo previsto, pasando la pareja suplente a ocupar el puesto de los ausentes. 

Ángel Gómez Fuentes, encargado de toda la tramoya, contaba que aquel día tuvo un olvido imperdonable: se le olvidaron las dos azafatas que debían colaborar con los camareros en la copa servida antes de sentarse a la mesa y en el reparto de cigarrillos y puros. Entonces echó a mano de su amiga Carmen Marques Gil, esposa del arquitecto Javier Peña, que se había ofrecido para colaborar en la visita. Sin pensárselo, la colaboradora salió corriendo en busca de dos azafatas suplentes. Pasó por su casa y recogió a su hija a toda prisa y después se fue al colegio de las Jesuitinas y sacó de clase a una sobrina. Las llevó a la sede de la Sección Femenina y las vistió con el traje regional de Almería. Antes de que nadie advirtiera la ausencia de las azafatas en el banquete, ya estaban las dos niñas colocadas en su puesto, cumpliendo a rajatabla con las normas, como si lo hubieran hecho toda la vida.

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